miércoles, 5 de septiembre de 2012

Un cuento para reflexionar: Carmen y el servicio a los demás


Es preciso ir más allá: es preciso servir

Por Daniel Alejandro Valera Gómez
Seminarista de 3er semestre de filosofia 

Carmen, toda su vida había pensado en sí misma como una persona buena. De hecho conocía a poca gente tan buena como ella. Nunca rompió ninguna regla en la escuela. Nunca golpeó ni lastimó a nadie en la escuela, ni provocó chismes. Sus calificaciones siempre eran aceptables y en general cumplía con todos sus deberes. No se metía con la ley, ni andaba en lugares inseguros. En pocas palabras, era consciente del papel que le tocó jugar en su mundo y era bastante fiel a él. ¿Se le podría exigirle más que eso?

Sin embargo, un día sucedió algo que no estaba previsto dentro de su plan. Paseando por el parque de la ciudad, se vio impactada por el enorme tamaño del roble al lado del lago. Se quedó allí, admirando lo bello que era, a pesar de tener muchas cosas que hacer. De inmediato le dieron ganas de ser como el roble: importante, imponente, impresionante y el más alto de todos. Pensó en lo buena que era y supo que iba por ese mismo camino: destacaría entre todas las demás personas por su inteligencia, por su rectitud, por su criterio, por la imagen de prestigio que ya se estaba formando a su alrededor. Sería como el gran roble y pasaría a la historia.

Pero entonces le pregunté a la joven: y, ¿qué es la grandeza? ¿Qué hace al gran roble grande? ¿Es su tamaño, su forma, su color, su fuerza, su inamovilidad? ¿O es algo más? La invité a que nos acercáramos para estudiarlo mejor. A unos cuantos metros, la perspectiva era diferente: vimos sus frutos que alimentaban a las aves, su sombra que daba descanso a los viandantes,  que era hogar para los nidos, almacén para los roedores y que daba estabilidad al suelo donde sus raíces penetraban. Entonces, ¿en dónde radicaba la grandeza del roble? ¿En que se veía espectacular o en que su presencia en el parque beneficiaba a los que lo rodeaban?    

Muchas veces nos quedamos con la idea de grandeza de la joven: tener éxito, ser carismático, ser admirado, tener poder y mandar. Es el sueño que nos hemos construido en la mente, es nuestra idea de una vida lograda, una vida feliz. Sin embargo, el roble nos interpela porque contradice la idea acostumbrada de lo que debería ser un humano. El roble, por su parte,  nos recuerda que nadie se crea a sí mismo y nadie se basta a sí mismo; que necesitamos relacionarnos con el otro para crecer, que necesitamos ayudar y ser ayudados para ser felices. Y nos molesta porque es rebelde; porque sabe que en un principio necesitó de todos aquellos seres a los cuales sirve ahora; y porque lo sabe no es orgulloso. Nos molesta porque su ejemplo nos confronta y cuestiona nuestra conducta.

¿Qué sucedió con Carmen?  Ella entró en escena con su idea de felicidad y su idea de bien; pero para su dolor de cabeza, esas ideas fueron retadas. ¿Es la felicidad del hombre obtener el mayor placer posible, influir en la voluntad del otro y tener prestigio? ¿O es el ser feliz con la felicidad del otro? ¿Acaso el hacer bien es “no hacer el mal”? ¿O es actuar en pro de la felicidad del otro?

El problema para ella es que, respecto a la pregunta del inicio “¿se podría exigir algo más a tan ejemplar ciudadana?; el roble nos responde ¡que en efecto sí! El roble, siempre dispuesto a dejar que otros se alimenten de sus talentos y capacidades, le dio a entender a Carmen que no basta cumplir con el deber de no causar problemas a los demás. Que es preciso ir más allá: es preciso servir.

Esta capacidad de servir que la persona posee en plenitud y que es ignorada de la manera más cruel en nuestros días. Tal vez la singular experiencia de Carmen nos sirva de algo, o tal vez no; pero está aquí para aquel que se esté preguntando si su idea de felicidad será la más conveniente para su existencia.






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